Venezuela, el país inexplicable

Los números ya no sirven para explicar un país en que la inflación se dispara, la inseguridad agobia y la escasez constriñe el estómago de gran parte de la población. Tras dos años y medio, la autora de esta crónica regresó a su país para comprobar las secuelas de la “Revolución del siglo XXI” que impulsó Hugo Chávez y su sucesor Nicolás Maduro. Venezuela, una tierra en la que prima el absurdo.
Por Lorena Tasca (Texto y Audio) y Dagne Cobo Buschbeck (Fotografía)

 

—¡Qué coño haces aquí si hace tiempo que no vives en esta mierda!

Esa fue una de las frases que escuché como bienvenida, o reclamo. No pisaba mi país desde hace dos años y tres meses. Me convertí, en 2014, en una de las que pertenece a los casi dos millones de venezolanos que han partido a otros países según el Laboratorio Internacional de Migraciones de Venezuela. Y decidí pisar de nuevo mi tierra por dos semanas.

La frase, la bendita frase que define a Venezuela como mierda, fue la forma de responder de una ejecutiva de un banco. Mi cuenta desde que tengo 16 años tenía tiempo sin movimientos de dinero. Cuando me preguntó, no supe dar excusas.  “Olvidé la clave”, fue lo único que alcancé a decir. Excusa mala. Empezaron los señalamientos, el que seguro estaba fuera del país, el por qué regresaba, el por qué quería estar ahí, con ella, con el deseo de mover los pocos bolívares que dejé. Y en segundos, en forma de monólogo, los cuentos de frustración, de las horas de filas para conseguir azúcar, harina, leche o cualquier alimento de primera necesidad, de que ella se quita comidas del día para alimentar a sus hijos. “No tienes nada que ver acá, esto es una mierda”.

Silencio. Su mirada triste, mi cara de sorpresa. Se termina la transacción, mi cuenta queda habilitada.

— ¡Qué coño haces aquí si hace tiempo que no vives en esta mierda!

La frase de remate. La que escuché en la primera diligencia que hice al llegar a Venezuela. La definición de Venezuela como mierda: la que escuché una y otra vez en conversaciones con conocidos y desconocidos.

Mierda es quizás la palabra para definir un país inexplicable. Un país de contrastes, un país que no se entiende. Un país difícil de explicar, un país que duele. Se supone que tiene una de las mayores reservas petroleras del mundo, pero hay una sequía generalizada por la caída del precio del crudo y por una mala gestión gubernamental desde hace más de una década. La inflación no para de subir, los salarios no alcanzan, la inseguridad agobia y la escasez golpea el estómago. Y sólo queda la frase de la revolución, de que todo es por la revolución, al menos para los más fervientes seguidores.

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A las 5:00 AM ya hay filas en varios puntos de Caracas, algunas veces desde más temprano. Uno de los nuevos tópicos predilectos para una conversación en cualquier reunión, son las horas que se pasaron en una cola para obtener alguno de los productos regulados. Harina de trigo, azúcar, pasta, arroz, aceite, sal y harina de maíz precocido –la que se usa para hacer las arepas, unas de las comidas típicas del país– son algunos de los alimentos que escasean.

Conseguir papel higiénico sin hacer más de cuatro horas de cola es una rareza. También es requisito para todo aquel que va de visita llevar en la maleta un par de paquetes de lentejas, pasta de dientes, jabones, desodorantes y champú. Ya no es un buen regalo un souvenir o un dulce típico de otro país.

Las peticiones de medicinas también son imprescindibles. Cosas tan básicas como una aspirina o un ibuprofeno ya no se consiguen en los anaqueles con regularidad. En las farmacias algunas veces hacen chistes con que ya han practicado frente al espejo las distintas formas –y caras– para decir: “No hay”. En los supermercados cuando preguntas cuándo llegará algún producto te explican: “Nada de eso, tendrá que seguir con la dieta de Maduro. Vea el lado bueno, todos nos estamos poniendo flaquitos”. Y la sonrisa nunca falta para acompañar esas respuestas, aunque se tengan unos kilos menos por pasar hambre.

El humor no escasea.

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Hay una cifra de Venezuela que asusta, la del número de homicidios por año. Esa que demuestra que es uno de los países más peligrosos del mundo. Según el reporte de 2015 de la ONG Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) –no hay ente estatal que lleve tales estadísticas–, 27.875 personas murieron de manera violenta ese año, una cifra que supera considerablemente la registrada en 2014, que fue de 24.980.

Casi todo venezolano tiene una historia de un conocido o cercano que mataron para robarle un auto, un celular o simplemente el dinero que cargaba consigo. En la mejor de las suertes, la historia es de un robo a mano armada. “Menos mal que estás bien, que estás vivo”, es la frase de consuelo después del susto. Si se trata de hacer una estadística personal, antes de partir en 2014, tuve una pistola en mi cabeza al menos tres veces y en mi círculo de amistades, todos han sido asaltados al menos una vez. Esa es otra conversación predilecta, la de las crónicas negras y el mérito de estar contándolo.

Antes de salir todo son advertencias. “Tienes que estar con ojos hasta en la espalda. Da lo mismo si son las diez de la mañana, igual roban”. “No agarres un taxi así a lo loco en la calle, llama a una línea (remís)”. “Trata de estar en la casa a las 6:00 de la tarde, ya cuando se pone oscuro todo el mundo se esconde”. “Si vas a casa de alguien y se te hace de noche, mejor quédate”.

Así se siente una ciudad que cierra sus puertas a las 7:00 PM, y muchas veces antes. Una ciudad que se percibe con los últimos latidos.

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La vida está programada por la penuria. Para comprar alguno de los alimentos que escasean, si es que llegan a algún establecimiento, se debe ir sólo una vez a la semana según el último número de la cédula desde principios de 2015. Ese número que se tiene como ciudadano lo pedirán en cada compra, para llevar registro de cuántos productos ha comprado y en qué lugares. En algunos trabajos se organizan para que cada empleado esté libre el día que se le permite comprar. La vida se va en combatir la miseria.

Todos saben el horario de la primera horneada de las panaderías. En las tardes, casi siempre es a las 5:30 PM y a esa hora en todo establecimiento que tenga harina de trigo, se formarán filas kilométricas para llevar sólo un pan campesino por persona. No más. Un pan después de, mínimo, hora y media de fila.

También son comunes las escenas dantescas. Un día podrá ver la bipolaridad de una persona que consiguió azúcar. Grita de alegría porque tiene en sus manos la codiciada sustancia, pero tiene la voz quebrada y los ojos rojos porque se le rompió la bolsa. Su solución será comer el azúcar directo del piso.

Otras veces, quizás se acerquen para pedirle con ojos desorbitados que le compartan aquello que come o toma. No son precisamente vagabundos. Unos días le pueden pedir dejar un traguito del té frío que se toma, otras veces la mitad de una empanada y casi siempre acompañada de una frase hecha para quebrar el alma: “Es que hace meses que no me puedo dar un gusto como ese. Es imposible”.

Pero el que gana en dólares puede darse el gusto de comer todos los días en los restaurantes de lujo que aún existen, comprar productos importados y celebrar con un whisky añejo de 18 años. Y sobrevive. Y festeja. Mientras la revolución roe la osamenta de lo que alguna vez fue un país.

Esto es lo que se siente ser venezolano y vivir lejos cuando el pueblo marcha por reconstruir su país:

Rabia, odio, tristeza, resignación y lágrimas

Audio Crónica - Créditos
Música: 06 Slynk & Beat Fatigue - Graffiti Alley by Slynk 
Introducción: Jimena Travieso
Lectura: Lorena Tasca
Edición de sonido: Fabricio Schelfthout