Con la Cordillera amoratada

 

De lejos, su belleza obliga a admirarla por horas. Pero en algún punto del corredor internacional Cristo Redentor (Argentina)-Los Libertadores (Chile), se puede tornar en una experiencia aterradora. Así se ve esa larga montaña desde adentro, cuando uno queda atrapado en su oscuridad como consecuencia de los aluviones.
Por Lorena Tasca (Texto y fotografía)

 

Ella, a las 6:00 de la mañana me hizo respirar profundo y llorar. Aquel 8 de marzo de 2014 la vi por primera vez desde las alturas, a través de la ventanilla de un avión. No sé si fue el impacto por tal coloso, los nervios e incertidumbre de llegar a un país nuevo o el comprender que esa cadena de montañas gigantes sería el único punto geográfico de conexión entre mi nueva residencia, Chile, y mi país de origen, Venezuela. Hasta aquel diciembre de 2015 la Cordillera de Los Andes sólo me producía admiración. Podía pasar horas detallando su grandeza desde algún punto de Santiago —cuando el smog lo permitía— y esperaba con ansias el invierno para verla cubierta de blanco.

De ella sabía que era como un gran hilo que unía a Perú, Ecuador, Colombia, Bolivia, Argentina y Chile. Que para los últimos dos países, marca la frontera. Que una de las historias que más se conoce y que la tuvo como escenario, fue la del vuelo 571 de la Fuerza Aérea de Uruguay que se estrelló un 13 de octubre de 1972 con 45 jugadores de rugby a bordo que terminaron comiéndose entre ellos para sobrevivir. Pero después de quedar dos noches atrapada en ella por los aluviones, hoy “tengo su sombra amoratada”, como escribió Gabriela Mistral en su poema “Cordillera”.

Sentirse encerrada en algún punto del corredor internacional Cristo Redentor (Argentina)-Los Libertadores (Chile)— no permite palabras de admiración, o quizá sí. Lo primero que se siente, lo que oprime el pecho, es la incertidumbre. La oscuridad no da oportunidad de ver más lejos. Después el aviso “Cerraremos el paso, hasta nuevo aviso”. Dormir en el auto, doblada, en una estación de gasolina. Abrir los ojos y cada tanto preguntar: “¿A qué hora se estima que podremos retomar la carretera?”. Día siguiente, mañana soleada, ni una muestra de la supuesta lluvia que provocó el terrible aluvión. Unos cuantos kilómetros recorridos y de repente ver la tierra en movimiento, escuchar las piedras sonar. Adelante, unos pocos autos frenan de golpe. De nuevo, el deshielo ha hecho de las suyas en pleno verano. Rocas, agua helada, tierra. Mucho lodo. Y una sola máquina retroexcavadora  que llega al lugar con algunos guardias fronterizos.

La potencia del agua que se desliza por una de las tantas curvaturas de la Cordillera no permite realizar las labores para abrir de nuevo el paso. La orden es: “Hay que esperar”. La espera es toda la noche, parte de la mañana, porque en la oscuridad no se puede realizar ningún trabajo por seguridad. Y porque tampoco son muchos los que pueden poner manos a la obra.

Dormir es imposible. El frío se mete por los huesos y se instala.

Una de las formas de pasar el tiempo sin revisar cada minuto el reloj y el celular sin señal, es bajar del auto y charlar con los otros que están ahí encerrados: camioneros, la mayoría, con miles de historias sobre mercancía podrida por tantas noches sin poder continuar el rumbo. De piernas perdidas por sus curvas, por falta de mantención, por la oscuridad. También por las horas de sueño necesario y no satisfecho. Horas de no saber lo que vendrá. De frío que se convierte en humo que sale por la boca y que ningún abrigo logra calmar. De convivir un auto tras otro tal como describió Julio Cortázar en su cuento “Autopista Sur”. De escuchar, de observar y no entender por qué la belleza a veces puede ser tan aterradora.

 

La Cordillera guarda historias que solo ella conoce. Julio o Andrés. Cualquiera de esos podría ser su nombre, pero su historia es real. La de un hombre que quiere llevar comida a casa y lo hace manejando más de 14 horas diarias sobre un camión inmenso con vino, cebollas o tomates . El hombre conoce cada curva, saluda con confianza en el paso fronterizo y ubica todos los rincones de distracción y de mujeres fáciles. Masca hojas de coca para evitar quedarse inmerso en un sueño eterno en mitad de la carretera.

También está Rodrigo. El que se quedó sin una pierna a los 20 años, que intentó buscar otros trabajos, pero había algo en esto de manejar por horas que extrañaba. Conocer gente distinta todos los días, no tener horario de oficina y tampoco estar frente a un computador. Tener la oportunidad de ver paisajes distintos en cada jornada y una que otra vez, “tomarme un mate en mitad de la carretera con gente como vos”, dirá. También contará la historia de las veces que ha rescatado a extranjeros mochileros extraviados a mitad de la vía, quienes han terminado en su casa compartiendo con su familia. Más tarde, será capaz de mostrarte su pierna izquierda que ahora es de hierro y soltará una carcajada. “Al menos no soy de los que ha muerto. Como sea, este es un buen trabajo, pero el camino a veces da miedo. Eso es la vida, ¿no?”.

Un estacionamiento con un par de baños en pésimo estado es el mayor lujo de Roberto, Julio, Andrés y muchos más. Poder dormir con las ventanas cerradas dentro del camión de carga, su mejor opción. Compartir un mate entre tantos e intercambiar historias, es lo que mejor se les da.

La muerte no es tema del que se hable, aunque la Cordillera ya suma unas cuantas víctimas. Tantas, que en medios argentinos se habla de ese tramo de Mendoza a Santiago como “la ruta de la muerte”. Una cifra que apenas es una muestra, es la muerte de 19 personas el pasado 18 de febrero tras un accidente de un bus que cruzaba de Argentina a Chile. En 2010 se puede encontrar registro de al menos cinco fallecidos. En 2012, unos cuatro. Pero la cifra total, no se sabe.Y quizá, jamás se sepa. Es una de las tantas cosas que esconde la Cordillera.