“Después de siete balas, decidí que quería otra vida”

Por Lorena Tasca (Texto y fotografía)

Santiago es argentino, de la provincia de Santiago del Estero. Soñó con ser futbolista pero se convirtió en policía de Mendoza. Ahora es un habitante de Puente del Inca, un pueblo mínimo en el camino de la Cordillera de Los Andes. No más de cinco calles de tierra marcadas por los rieles de un tren que alguna vez funcionó, unos cuatro hostales que reciben a turistas que quieren hacer cumbre en el Aconcagua y algo más de 100 habitantes. Eso es el pueblo Puente del Inca, donde el mayor atractivo es la formación rocosa que se creó hace miles de años y da nombre al lugar.

Ahí llegó porque quería paz, porque después de una persecución por el robo de un taxi y siete tiros repartidos entre el pecho y las piernas, quiso otra vida. Porque con una esposa y un hijo, quiso asegurarse de poder disfrutarlos.

“Acá tengo lo que necesito sin hacer mucho”

La mayoría de los habitantes del pueblo son guardaparques, dueños de hostales, guías de ruta del Aconcagua o ex trabajadores del Ferrocarril Trasandino Los Andes – Mendoza que hoy en día son dueños de los pocos restaurantes del pueblo. Pero Santiago no, él es de los que unos días atiende en el Restaurante de Roque –el más conocido del lugar– y otros ayuda en algunos de los hostales. Con eso tiene lo que necesita: techo, comida y tranquilidad. El resto de su felicidad consiste en observar el imponente paisaje que lo rodea, respirar aire puro y no pagar por el agua. La Cordillera de Los Andes le da todo.