La travesía del estudiante afgano

 

En 2015, cuando decidió huir del conflicto armado en Afganistán, los talibanes realizaron 185 ataques a escuelas: las destruyeron con granadas, envenenaron el agua de los colegios y quemaron con ácido a alumnos y profesoras. Esta es la historia de Mustafa, quien con sólo 15 años huyó a Suecia para poder estudiar.
Por Dubraska Falcón (Texto y fotografía)

 

— ¡Mírame!

Volteo. Tiene los brazos levantados hacia el frente, hasta la mitad del pecho. En la mano derecha sostiene una batuta. La otra, la tiene semiabierta. Respira profundo y con fuerza. Se escucha como inhala el aire. Comienza a dirigir con seriedad y elegancia pero sin música. Dirige solo frente a mí y a unas guitarras que cuelgan de la pared. Mueve las manos hacia arriba y hacia abajo marcando el tiempo. Lo observo con mucha atención. Se ríe con la risa que genera una pequeña travesura de niño.

— Lo hice como Ron, ¿verdad?

Asiento con la cabeza. “Mejor que él”, le digo. Chocamos puños. Vuelve a reír como un niño travieso y se marcha.

***

La primera reacción fue de susto. Sus padres pensaban que podía terminar muerto. Tenía 15 años cuando les dijo que, sin importar el peligro que pudiese correr, huiría a Europa de forma ilegal para transformarse en una de las 154.457 personas que cruzaron el Mar Mediterráneo en noviembre en 2015. No era feliz en Tabarghanak, un valle de la provincia de Ghazni, a 220 kilómetros de distancia de Kabul, Afganistán, en donde viven aproximadamente 100 personas. Mustafa quería estudiar.

En su pueblo asistía al colegio desde las 8:00 de la mañana hasta la 1:00 de tarde. Para llegar a su escuela tenía que cruzar a pie una montaña, demoraba una hora para llegar y otra para regresar. En la casa ayudaba a su padre con la pequeña granja que les servía de sustento. A veces, al final del día, le daba tiempo de hacer la tarea. Otras, la mayoría de las veces, no podía por el cansancio. Así eran los días de este chico de piel morena, que no puede ocultar la mezcla de rasgos turcos y mongoles. De ojos ovalados, oscuros y cabello negro, siempre engominado.

“¡No lograba nada! Despertaba todos los días para hacer lo mismo. Tenía necesidad de aprender y de no estar cansado todo el día. No quería sentirme más incompleto”. Es que estudiar en Afganistán es un crimen y la pena puede llegar a ser la muerte.

La educación ha sido una de las grandes víctimas del conflicto afgano desde 1996 cuando los talibanes llegaron al poder e impusieron una estricta interpretación de la Ley Sharia: código de conducta, culto y criterios morales de los que se valieron para asegurar que el sistema educativo afgano era “una aberración de occidente”.  

Frente a un país desorganizado por la ocupación soviética, y con más de 30 años en conflicto, los talibanes no encontraron una fuerte oposición política a sus reformas. Cerraron las escuelas mixtas, prohibieron la escolarización de las niñas y el trabajo de la mujer, decisión que colapsó el sistema educativo, pues la mayoría de los docentes eran mujeres. También, atacaron a todo aquel que decidiera estudiar fuera de sus lineamientos religiosos.

En 2015 —año en el que Mustafa decidió escapar— se documentaron 185 ataques a escuelas en Afganistán: destruyeron los colegios con granadas y explosivos,  envenenaron el agua de las instituciones, y quemaron con ácido a niñas y maestras. Atacaron también al ejército del gobierno afgano y a la policía, quienes utilizan los centros escolares como bases de operación.  

Mustafa sabe lo que todo esto significa.

— Ir a estudiar a la capital, Kabul, no era una opción. Quedaba muy lejos y era muy costoso, porque allá la educación cuesta mucho dinero. También, era peligroso: los talibanes están en el camino a Kabul y capturan a los estudiantes, porque ellos no están de acuerdo con que te eduques. Si saben que vas a estudiar te matan.

La palabra talibán proviene del pashtún y significa “estudiante religioso”. Esta facción fundamentalista surgió en 1994 con el objetivo de restaurar el Emirato Islámico. Fue fundada por veteranos de la Guerra de Afganistán —compuesto principalmente por miembros de las minorías étnicas de las tribus pastunes— en contra de la invasión soviética.

Para capturar a los estudiantes, los talibanes cuentan con la ayuda de integrantes de la Policía Nacional Afgana quienes detienen los vehículos en controles policiales irregulares. Ven cómo te vistes, revisan si llevas algún lápiz, libro o cuaderno. Al más mínimo detalle de que eres estudiante te atacan. También, preguntan por tu grupo étnico. Si perteneces, por ejemplo, a los hazara —que son predominantemente musulmanes chiíes— te atacan, pues son considerados ‘subhumanos’, ‘no creyentes’ y ‘sin derechos’. Mustafa pertenece a este grupo étnico que representa el 24% de la población afgana, y en contra de quienes los talibanes han cometido las peores masacres.

Según el informe de “Educación y Atención Médica en riesgo”, realizado por la Misión de Asistencia de la ONU en Afganistán y Unicef, en 2015 se cerraron 369 escuelas, lo que afectó a más de 130.000 estudiantes y a 600 profesores. También, asesinaron a 11 profesores y secuestraron a otros 49.

— Un año antes de venir a Europa viajé a Kabul en autobús. Es un trayecto de 24 horas. Los talibanes detuvieron el autobús e hicieron que todos nos bajaramos. Afortunadamente, no encontraron nada que les diera a entender que éramos estudiantes. Pero con las ametralladoras kalashnikov que cargaban golpearon al chofer mientras le preguntaban por qué nos llevaba, por qué nos daba apoyo, por qué conducía a esos estudiantes a Kabul.

Los talibanes huyeron de Kabul en octubre de 2001 cuando fueron derrotados por las tropas de Estados Unidos como represalia por los atentados del 11 de septiembre. Desde diciembre de 2014, Kabul está bajo la responsabilidad y seguridad del gobierno afgano. Se trata de un gobierno que tiene poco poder fuera de Kabul y que está siendo atacado por los talibanes y el Estado Islámico (ISIS).  

***

Nunca olvidaré su sonrisa y sus brincos cuando salió de su primer concierto, en septiembre de 2016. Estaba eufórico. Abrazaba a todos sus compañeros de la Dream Orchestra El Sistema Sweeden . La orquesta fue creada en mayo de 2016 por el director y docente venezolano Ron Davis Alvarez para integrar a la sociedad a niños y jóvenes que solicitan asilo como refugiados en la ciudad de Gotemburgo. Sus integrantes nunca antes habían tocado un instrumento clásico.

Fue Mohsen —un compatriota a quien conoció en un colegio sueco— quien convenció a Mustafa de unirse a la orquesta. “Si yo pudiese venir todos los días a ensayar lo haría feliz”, me dice. En Afganistán ir a clases de música es visto como una pérdida de tiempo. Pero si lograba ir y se equivocaba en una nota, le daban con un palo en la mano.

— Mohsen me dijo que había tenido un concierto a solo dos semanas de haber empezado a aprender a tocar el instrumento. Me pareció increíble. Cuando tomé el chelo por primera vez me pareció muy difícil y pensé en no volver. Pero regresé y aprendí algo de técnica, me vi en un video tocando y me gustó. Lo disfruto muchísimo.

Los días de ensayo es el primero en llegar. Ensaya hasta cualquier hora, cualquier día de la semana. Para él estar en la orquesta es un compromiso.

Hasta aquel concierto se resistía a mis abrazos. Pero ese día, cuando bajó del escenario, él sólo se acercó y me abrazó.

***

Cuatro meses antes de partir de su hogar, Mustafa comenzó a estudiar inglés. Su papá vendió unas ovejas para darle el dinero que le serviría para pagarle a los grupos de crimen organizado que trabajan ilegalmente para cruzar inmigrantes a Europa. De la provincia Ghazni, salió hacia la provincia de Kandahar, cuna del mayor grupo étnico del país, los pastunes, y en donde se origina el movimiento talibán. Por su posición estratégica, los afganos dicen que “quien controla Kandahar controla Afganistán”.

— Me tomó un día cruzar. Es muy peligroso porque los talibanes te registran en la vía. Salí en auto. Nos detuvieron en el camino, pero no encontraron nada. Yo sólo llevaba mi maleta con ropa. Luego, tomé un autobús en la provincia de Nimroz, que se encuentra en la frontera con Irán.

Demoró 10 días para cruzar ilegalmente hasta Irán dentro de un auto Corolla con un remolque que trasladaba a 34 personas más. Antes de llegar a los controles policiales debían bajarse y caminar o montar un burro por una vía alternativa para evitar ser descubiertos. Luego, en un punto lejano, volvían a subirse al vehículo. Al cruzar la frontera, tuvo que pagarle a un grupo de criminales para poder alojarse dos días en una habitación.

“Luego tomamos un autobús que estaba modificado, tenía una especie de plancha por debajo en donde podíamos ir acostados”. Así llegó a Teherán. De allí viajó durante 12 horas hasta Urimia —al oeste de Turquía—, junto con 15 personas repartidas en tres autos. No tenían que esconderse: en esa localidad la policía no era tan estricta.

No descansaron. Llegaron a las diez de la noche e inmediatamente avanzaron hacia la montaña para cruzar hasta Turquía. Como no los acompañaba ningún niño, fue más fácil caminar durante seis horas en la montaña y soportar las pocas horas de sueño que pudieron tener en una granja. Tenían que ser sigilosos. A las nueve de la mañana Mustafa estaba ya en suelo turco, más cerca de su sueño. “Nos tomó un día llegar a Estambul. Pero ya no teníamos que escondernos, tomamos un autobús. Estábamos muy cansados. Pasamos una semana allí y ya no tenía dinero”.       

Llamó a su padre, quien pidió mil dólares prestados para enviarle. Pagó 700 dólares para que lo ayudaran a cruzar hacia Grecia. En la casa en donde vivió esa semana —que pertenecía al mismo grupo de criminales que lucran con los inmigrantes— se topó con miles de rostros de desplazados por la guerra y la violencia de Siria, Irán, Pakistán, Irak y Afganistán. Lo llevaron a Esmirna, el segundo puerto de Turquía y una de las playas más turística del país. Subió a un pequeño bote a las 12 de la noche.

En el medio del Mar Egeo el motor del bote se apagó.

— Tuvimos que regresar. Un barco pesquero nos ayudó. Esperamos hasta la noche siguiente en un lugar donde hay miles de refugiados que intentan cruzar a Grecia. Cuando finalmente salimos el bote se volvió a dañar. El trayecto era muy corto, quizás una hora pero no sabíamos qué hacer. Comenzamos a remar. Hubo un momento en el que estábamos muy cansados y asustados. Éramos 30 personas y un bebé. Algunos querían llamar a la policía. Otros no, pues no querían ser capturados y deportados después de haber pagado tanto dinero. Uno de los chicos afganos llamó a su hermano en Australia, quien contactó a los policías costeros griegos para que los auxiliaran.

Llevaban cerca de 14 horas en el mar sin agua ni comida. Un helicóptero fue el primero en verlos. Luego, un barco los ayudó y los subió a bordo. Les dijeron que no podían regresarlos a Turquía porque eran demasiados y los llevaron a una isla griega repleta de refugiados, en la que el calor del día agobiaba y el frío de la noche era intolerable. Al llegar debían llenar unos formularios para que los dejaran tomar un bote a Atenas por 60 euros.

Mustafa tenía entonces 15 años, pero para poder cruzar el Mediterráneo, llegar a Atenas y solicitar asilo como refugiado tuvo que fingir ser mayor de edad. Según Unicef, en 2015, 95.970 “niños no acompañados” y 205.850 afganos cruzaron a Grecia. Afganistán se convirtió en el segundo país con mayor flujo de desplazados hacia las costas europeas en esta crisis migratoria.

Por 30 euros compró un ticket en autobús hacia Macedonia. Nuevamente se quedó sin dinero. Con ayuda de los amigos con los que había cruzado pudo ir de Macedonia a Alemania en tren y autobús. En el camino se encontró a muchísimos refugiados. Tantos que ni siquiera se atrevería a contabilizar. Al llegar a Alemania lo registraron como refugiado, tomaron sus huellas y le retuvieron sus papeles. Pero él no quería quedarse allí. Tan solo pasó tres días. Al cuatro, se escapó.

Una cicatriz de una puñalada en un costado de su torso le recordará por siempre la dura experiencia en los campamentos de refugiados. Fue producto de una puñalada que le propinó un chico de Pakistán en una pelea dentro de un campamento en el que estuvo antes de llegar a Suecia. Juntar diferentes grupos étnicos tiene consecuencias.

***

Mustafa sabía que quería llegar a Suecia antes de partir de Afganistán. Tenía a varios amigos que ya habían hecho la travesía hasta tierras escandinavas, y ellos le habían hablado muy bien de los suecos. Tomó un tren en Múnich. Pasó por Dinamarca sin ningún inconveniente. Al llegar a Malmö, Suecia, la policía le pidió a todos los que no tenían pasaporte que se bajaran. Mustafa se bajó: sus papeles se habían quedado en Alemania. “¡Soy refugiado de Afganistán!”.

Los policías le dieron la bienvenida a Suecia, le tomaron las huellas y lo trasladaron a un campamento con buena comida en el que permaneció por 10 días. Luego el Gobierno lo envió a una casa de familia en Gotemburgo para que recibiera los cuidados necesarios. Los suecos llaman a este programa Good Man. Son personas confiables a las que el Estado le otorga un monto por cada “niño no acompañado” que tengan a su cargo para que los ayuden con sus gastos económicos, educativos y recreativos.

Según los buscadores de Google, uno demora aproximadamente 85 horas en llegar en auto desde Tabarghanak hasta Gotemburgo. Pero a Mustafa le tomó un mes y 20 días completar ese trayecto de más de 7.400 kilómetros. Para ese entonces ya había celebrado su cumpleaños número 16.

Con su madre no pudo hablar sino hasta cuatro meses después de haber llegado a Suecia. Los talibanes tampoco quieren que nadie se comunique: cortan las antenas de telefonía móvil y de internet. Sus padres saben que el riesgo valió la pena porque su hijo hoy está a salvo. En Gotemburgo comenzó a ir a la escuela, a estudiar música, a recibir aplausos junto a su orquesta y a asistir al gimnasio. Con 17 años, aprende sueco y es violonchelista. Cuando sea grande quiere estudiar cine.

Por haber ingresado por Alemania, la solicitud de asilo como refugiado debía hacerla desde ese país. El abogado que le otorgaron dentro de la oficina de migración sueca le dijo —tras el pedido de asilo en Suecia— que los alemanes tendrían seis meses para solicitar su extradición. Transcurrido ese tiempo, la decisión de dónde quedarse era de él. Alemania nunca respondió y Mustafa eligió quedarse en Suecia. Ahora espera que lo llamen para hacerle una entrevista que decidirá si le dan asilo como refugiado. Suecia fue el Estado que más peticiones aceptó en 2015: 74% de las solicitudes fueron aprobadas y 28.985 personas recibieron asilo.  

Hace un mes Mustafa se reencontró en Gotemburgo con su mejor amigo de la infancia, Nematullah. Ambos arriesgaron su vida para estudiar. Hoy comparten la misma fila de cello en la Orquesta de Sueños.

 

Créditos

Texto y Fotografía: Dubraska Falcón
Traductor afgano: José Luis Bechara
Video: Ron Davis Alvarez