Rock y goles sin destino

Por Nacho de la Rosa (Texto y fotografía)

Martes 30 de diciembre de 2008 —casualidad o no—, justo ese día definíamos el campeonato provincial contra el Círculo de Suboficiales. Como aquel partido entre Independiente y Huracán del ‘94, llegábamos a la última fecha con la misma cantidad de puntos y el fixture había dispuesto que nos enfrentáramos en la última fecha, algo así como una final, pero que estaba prevista dentro del cronograma oficial.

Como no podía ser de otra forma, el torneo apenas superaba lo amateur y el campeón no se llevaba varios fajos de guita como en las categorías profesionales, sino que el premio era un poco más humilde: un viaje a Buenos Aires para todo el plantel, con pasajes y estadías pagas por 7 días y 5 noches en un hotel de medio pelo para abajo. Para el resto de los jugadores del Gimnasio Municipal Nº1 eso era lo de menos, el verdadero objetivo era el prestigio de ser el mejor equipo de la provincia, el mejor de los 16 que competían. Tengo que admitir que eso no me parecía poco a mí, pero desde hacía mucho tiempo tenía la necesidad de ir a Buenos Aires y era la oportunidad que venía esperando desde hace cuatro años, precisamente la última vez que anduve por tierras porteñas.

La diferencia con los otros 14 equipos había sido abrumadora. Círculo y Gimnasio llegaban con 35 puntos a la última fecha, mientras que el tercero, Universitario, a duras penas había llegado a los 22. Nos habíamos cortado en la punta en el último tramo del campeonato y la lucha iba a ser hasta el final con los “Milicos”—así habíamos bautizado con poco cariño a los del Círculo—. Los partidos pasaban y los dos estábamos imparables, ninguno aflojaba.

Según el calendario, ese martes teníamos que jugar en la cancha de ellos, pero a raíz de una decisión de los organizadores, se fijó que sea en una cancha neutra, algo que fue muy discutido por los “Milicos”. Y era lógico, creo que nosotros hubiésemos puteado y armado el mismo quilombo si nos quitaban la localía, más teniendo en cuenta que no era una instancia final sino que era parte del fixture regular. Pero los organizadores se hicieron los boludos ante todos los reclamos y planteos, y quedó confirmado que la cancha neutral sería la del Círculo Médico, en Bermejo. Y al final fue en perjuicio de ambos, porque a los dos nos quedaba a en el fin del mundo la cancha.

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Llegó el martes y el calor era tan insoportable como el 30 de diciembre del 2004, la última vez que te vi. Sé que hubieses dado todo por acompañarme esa mañana en la dupla de defensores centrales, y yo también hubiese hecho hasta lo imposible por compartir equipo con vos. Se me vinieron a la cabeza todos los partidos juntos, no sólo en el equipo del Gimnasio, sino todos esos que jugamos en el parque, en la playa cuando nos íbamos de vacaciones y en la vereda de la casa. Si hasta escuché los gritos de la vieja desde adentro de la casa que nos pedía que “dejemos de joder con la pelota (al mejor estilo Serrat), que íbamos a romper algún vidrio”.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas, y me ahogué con una bocanada de aire caliente. Preferí tragarme las ganas de llorar, no porque quisiera sino porque vi que llegaban el Fede, el Dani y el Davo a la cancha. Yo había llegado hacía 15 minutos, a las 10 y el partido era a las 11.30, por lo que hasta que llegaron ellos había estado solo, sentado en el pastito más amarillo que verde, al lado de la línea del lateral.

Ni bien se bajaron del auto, los tres vinieron a saludarme y me abrazaron con fuerza. No era un día más, era un día especial, al menos para mí. Nos pusimos a pelotear un poco al costado de la cancha, y cuando nos quisimos dar cuenta, los “Milicos” ya habían llegado y estaban peloteando del otro lado de la cancha. También habían llegado todos nuestros compañeros, y el Profe Blanco (nuestro DT que era el profesor de fútbol en el Gimnasio), nos juntó a todos para la última charla. Y después nos fuimos a poner camisetas y botines.

Abrí el bolso, me puse una gastada remera blanca a la que —artesanal y desprolijamente— le había cortado las mangas y encima me puse la camiseta verde con el 4 atrás. Normalmente yo usaba la 2, pero ese día le pedí al profe que me diera la 4, la misma que usabas vos. Me puse los pantalones blancos y me vendé los pies, para no esguinzarme el pie izquierdo ni resentirme de uno antiguo y crónico en el derecho. Después me puse las medias y fui a buscar el bolso, que había dejado al lado de la línea de cal del lateral, donde había estado sentado hasta hacía un rato.

No te puedo explicar cómo me miraron los chicos cuando en vez de los botines con tapones de acero que me había comprado con los pocos ahorros que tenía antes de que empiece el torneo, me puse unas Topper de lona azules. Hasta Blanco me miró, pero no dijo nada. Creo que el silencio fue porque pensó que se trataba de una joda y que en unos minutos me iba a poner los Adidas, que estaban impecables pese a haber jugado todo el torneo con ellos. Pero no. Nunca me puse los botines, ni siquiera me saqué las Topper —que de azules tenían muy poco y estaban casi negras, en parte por la mugre y en parte porque se habían quemado un poco—. Pero aguantaban.

Para colmo me apretaban un poco porque no eran de mi número, pero yo había decidido usarlas. Y así entré a la cancha, sin prestarle atención a las miradas de mis compañeros (creo que el Fede se agarró la cabeza) ni a las burlas de algunos de los pelotudos rivales, que me gastaban por el calzado. ¿Qué sabrán esos infelices?

Sólo nos servía ganar, porque el empate los consagraba campeones a los “Milicos” por diferencia de gol. Y lo hicimos: 4 a 0, hermano. Hice dos goles, uno de cabeza y el segundo de tiro libre, con tu Topper derecha. Salimos campeones y gracias a eso hoy pude venir a verte, aprovechando el viaje a Buenos Aires. Por allá todos andan igual que la última vez que te vimos, la mamá todavía no supera el hecho de que te hayas ido y todavía se culpa por no haber hecho nada (o no haber hecho más, en realidad) para que no vengamos a ver a Callejeros a Cromañón. No es como esas que salen llorando e insultando en los medios, ella lleva el dolor por dentro y de noche llora. No te puedo explicar el circo que se ha hecho con toda la mierda de la tragedia. Es todo una gran payasada de la que preferimos no participar.

***

Yo tampoco lo supero todavía. Ya no hablo con nadie antes de dormir, no tengo a quien recurrir en búsqueda de contención cuando discutimos con la Silvana. La pieza me queda grande a mí sólo, pero no quiero irme de ahí ni sacar tu cama. Tus cosas siguen intactas en el escritorio y yo hace tiempo que no me rio con ganas. Te extraño, hermano. Daría todo por volver el tiempo atrás y ser yo el que quedó encerrado en el boliche, el que intentó escapar por la salida de emergencia trucha. Y que hayas sido vos el que estuvo más cerca de la única que estaba habilitada.

Aprovechando el viaje, me vine al cementerio de Avellaneda a visitarte, a arreglarte un poco la tumba y a contarte del campeonato y de la vida de todos por allá. ¡Si hubieses estado vos conmigo en la defensa, seguro que llegábamos a la última fecha con todo definido y ya siendo campeones e invictos!. Nunca siquiera encontré un compañero en la cancha con quien me entienda tan bien como lo hacía con vos, hasta ahí te extraño. Hace cuatro años que no te veo, por eso necesitaba viajar de manera urgente para verte, para hablar con vos. Esa era mi principal motivación para ganar. A mí no me vengan con el prestigio o el honor, yo sólo quería viajar para hablar con vos.

Antes de que me vaya, te traje tus zapatillas. Son las Topper azules que tenías ese jueves a la noche. Como te contaba, las usé en la final. Te las dejo al lado de las flores. Prefiero dejarlas acá, con vos y no andar colgándolas de cables o de postes de luz. La mamá me pidió que te deje un par de rosas de su parte, así que éstas son de ella.

Se te extraña mucho, viejo. Los dos goles de la final son para vos, es todo lo que puedo darte. Te extraño, hermanito. Voy a tratar de viajar más seguido para que nuestras charlas se repitan periódicamente, total vos de acá no te vas a mover.

(Publicado en el libro “Mariandina. Historias de la vida en una cancha de fútbol” -2015-. Escrito el 20 de agosto de 2008)

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Sobre Mariandina
"Mariandina. Historias de la vida en una cancha de fútbol” (2015) y “Mariandina 2, otras historias de la vida en una cancha de fútbol” (2016) son dos libros de cuentos escritos, gestionados y publicados en conjunto y de forma independiente por 11 periodistas mendocinos.

Cada título consta de 11 cuentos en los que el fútbol es protagonista. Historias de amor, de barrio, nostálgicas, anecdóticas, con pinceladas de humor y que combinan realidad con ficción son algunos de los temas que se tocan en los cuentos, que mantienen desde el principio la esencia del potrero y la tradición del "fulbito callejero". Los libros son un tributo a uno de los símbolos fundamentales que tenemos los argentinos: la pelota como instrumento integrador, cultural, social y deportivo.
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