Crónica de una ciudadana preocupada

Cuando la comida escasea, el pan se transforma en un privilegio y el miedo por la violencia agobia a una sociedad, el país cae en ruinas. Conoce cómo se vive en Caracas en estos momentos, de la mano de la escritora y fotógrafa Aglaia Berlutti.
Por Aglaia Berlutti

Durante las últimas dos semanas, me abruma una rara sensación de irrealidad. Como si la vida cotidiana —la que conocí, la que disfruté, a la que me habitué— se hubiera transformado en otra cosa. En una noción incompleta sobre un estado de desastre que transformó mi vida, (el país, el futuro) en pura incertidumbre. Por supuesto, luego de casi veinte años de lidiar con una crisis estructural que sacude y deforma cada aspecto de Venezuela, no se trata de una percepción nueva. Pero en esta ocasión, es tan violentatan definitiva, tan duraque deja una herida abierta en algún lugar de mi mente.

Pienso en todo lo anterior mientras hago fila para intentar comprar un poco de pan. En el oeste de la ciudad de Caracas, ya es casi imposible hacerlo: el gobierno expropió varias panaderías y amenazó al resto, mientras el trigo dejó de llegar con regularidad. El resultado son despensas vacías, locales con la puerta cerrada. Y el miedo, ese tan singular y mínimo que te agobia cuando piensas en tu propia subsistencia, en lo que pierdes a diario en medio de la debacle. Ahora es el pan, me digo impaciente, balanceando el peso del cuerpo de una pierna a otra. Tomando rápidas bocanadas de aire. ¿Qué será después? ¿Qué otra cosa faltará echaré de menos, será escaso, inalcanzableen unos días? ¿Qué otra pequeña tragedia doméstica deberé enfrentar? Un nerviosismo lento y agotador me recorre como un escalofrío. Intento mantener la calma, pero no resulta sencillo. De hecho, dudo que pueda hacerlo otra vez en las semanas que esperan, en medio de la puerta abierta al desastre que todos los días debo soportar.

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La violencia en Venezuela lo cambió todo. Es una noción extraña, difícil de digerir pero que está en todas partes. La violencia tomó el lugar de la rutina, de los hábitos y costumbres. De pronto, el delito de pensar y opinar distinto al poder se hace más tangible que nunca. Una presión real que te convierte en víctima de un sistema que intenta aniquilar la identidad como forma de control. Lo notas en la tensión creciente, en la manera como el ciudadano de a pie —el vecino, el familiar, el amigosucumben lentamente al caos mínimo. Hay un noción sobre el riesgo y la amenaza que supone el país y su circunstancia más fuerte que nunca, más abrumadora por sus implicaciones. No somos otra cosa que rehenes de la circunstancia, de un sistema político que intenta preservarse por encima de la historia reciente e incluso, de la vida del ciudadano.

Anoche no dormí ni un minuto”, cuenta una mujer que hace cola a unos pasos del lugar donde me encuentro. “Lo que hice fue escuchar las detonaciones y los gritos. No sabía cómo proteger a los chamos de eso. Nos quedamos encerrados viendo televisión, tratando de no volvernos locos”.

También escuché las detonaciones, los estallidos, las ráfagas de balas. Cada noche, la zona en la que vivo se ha convertido en una batalla campal debido a las protestas que se reprimen por la fuerza, el ataque de fuerzas paramilitares y por último, el hampa común. Se trata de una confusa sensación de horror y amenaza que no encuentra consuelo. En medio de la censura de la prensa, la incertidumbre es un amplio paisaje repleto de informaciones falsas, de terrores y paranoias callejeras. Y en medio de esa confusión, el miedo. En todas partes. El terror agresivo de la bala fugitiva, del ataque impune. Estamos en una guerra sin nombre, inclasificable, me digo. Estamos al borde un abismo imposible de definir por las buenas.

Yo se los expliqué, le dije que estamos jodidos y que no vamos a salir de esto pronto”, responde un hombre a su lado . “ Mis chamos tienen que saber que esto no se puede evitar. Que lo que está pasando es algo más grave que lo que suponemos”.

Un murmullo de aprobación recorre al pequeño grupo que formamos quienes le escuchamos. Una anciana de cabello blanco y ralo, sacude la cabeza, se mira las manos sarmentosas con un gesto triste. Tiene el rostro consumido, la piel seca. El mismo aspecto cansado que seguramente tengo yo pero al que ya no le doy importancia.

 “ Esto es una tragedia”, dice en voz tan baja que me lleva esfuerzos escucharla .  “ Uno ya no tiene a dónde ir, dónde esconderse. Esta angustia está en todas partes, es parte de todo lo que uno hace. Uno ya no sabe para dónde huir”.

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Hace dos noches, leía sentada en mi estudio cuando una serie de detonaciones me hizo arrojarme al suelo. Fue una reacción instintiva, atolondrada. Me quedé tendida, cubriéndome la cabeza con los brazos, mientras la ráfaga de disparos continuaba por un interminable minuto. Escuché gritos de terror, el tintineo del cristal al romperse, el rugido bronco de las motocicletas. Y después silencio. Uno helado, duro y aplastante. ¿Esto acaba de ocurrir? ¿Están disparando en la calle de mi infancia, en la que he vivido veinte años? Cuando me senté en el suelo, una náusea de miedo me sofocó. Me llevó esfuerzos levantarme, abrir la puerta, huir por el estrecho pasillo de mi apartamento. No he vuelto al estudio durante la noche desde entonces.

Pienso en todas las cosas que nos arrebató la violencia y no sólo durante estas semanas de protestas. Pienso en todas cosas que he abandonado, las puertas que he cerrado. Los pequeños placeres, la rutina simple. Las aspiraciones, los planes y proyectos. La posibilidad de crear  y aprender. La noción del país hogar. La crisis en Venezuela es una catástrofe que afecta todos los espacios de la vida cotidiana, que deforma y afea todas las percepciones que tenemos sobre ella. Nada permanece incólume en medio de la debacle, de los escombros de lo que fue un país viable. Y cuánto esfuerzo lleva admitir esa pérdida irremediable, ese duelo constante al que no sabes cómo enfrentar o comprender. Cuánto dolor, cuánta frustración sin nombre.

La cola avanza unos metros. Hay un tumulto frente a la panadería: un grupo de clientes reclama a gritos el pan, levanta los puños, se queja de las horas de espera. La mujer que habló antes se encoge de hombros y se seca el sudor de la frente: “Aquí estamos presos: el país se nos volvió una cárcel enorme. No puedes comer lo que quieres, ni protestar cuando quieras. Tampoco puedes decir lo que quieres. Estamos aquí, encerrados con el miedo”.

Durante las últimas semanas, la represión hacia las protestas de las manifestaciones públicas se ha convertido en una demostración de la intención del Gobierno de Nicolás Maduro de devastar la disidencia. De arrinconar cualquier reclamo y de hecho, aplastar cualquier intención de resistencia al poder. El resultado es una tragedia nacional, una lista de asesinatos y agresiones en aumento y sobre todo, esta destrucción de la normalidad engañosa que por años permitió al venezolano común soportar una situación cada vez más difícil. Pero ya no hay resquicios para esa imagen frágil de un país que se sostiene a pesar del miedo. Ahora, la amenaza está en todas partes, es parte del paisaje común. Nos une a todos.

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La espera en la cola se alarga durante una hora. La cola se extiende por la cuadra hasta la siguiente esquina, en la que se desdibuja en un pequeño tumulto impaciente. Alguien se pregunta en voz alta si habrá suficiente pan para todos y me asusta la respuesta. La escasez es otra agresión, la posibilidad del hambre, de la humillación brumosa que aflige a cada ciudadano del país. Cuando logro entrar al local, hay un ambiente exaltado y tenso. El maestro panadero va de un lado a otro con los brazos cargados de bandejas con trozos de pan caliente, su ayudante despacha desde el mostrador. Pero no hay nada cómodo o agradable en la escena cotidiana. El murmullo irritado de los clientes, la atmósfera malsana de la espera, presiona, abruma, distorsiona lo que debería ser una circunstancia cotidiana. Todos somos víctimas, pienso de nuevo. Pero quizás no lo sabemos.

Regreso a mi casa con dos pequeñas canillas, tan delgadas que se rompen dentro de la bolsa que llevo colgada al brazo. Intento no pensar en esa fragilidad frugalidady avanzo por la calle con paso rápido. Intento no tropezar con las bolsas de basura abiertas y desparramadas a mi alrededor. Me obligo a no pensar en que alguien pudo haber comido de ellas. Los últimos montones de basura humeante de la reyerta de la noche anterior. Un paisaje de pesadilla, una imagen inexplicable en medio de los lugares en los que crecí, en los que me hice adulta. El sufrimiento se hace cercano, latente, inconsolable.

En mi apartamento, me permito un momento de debilidad. Me quedo de pie, sofocada por el pesimismo, por algo parecido a la amargura, al simple cansancio. Y pienso en todas las pequeñas cosas que en Venezuela ya son impensables. Los pequeños lujos de la subsistencia. En todas las ausencias y dolores. Perdimos la normalidad, perdimos la posibilidad de comprender el futuro como parte de nuestras decisiones. Ahora mismo en Venezuela, somos parte de un proceso histórico cada vez más agresivo, una peligrosa coyuntura cuyas implicancias apenas comenzamos a comprender, quizás. Y esa idea todo lo que abarca, lo que significa en medio de la desolación diaria que soportamosresulta inquietante, cada vez más cerca de un espacio blanco y sin forma imposible de definir. Más allá, la tragedia, lo impensable. La debacle definitiva.

#SomosVenezuela – Para comprender por qué el pueblo venezolano rechaza el gobierno de Nicolás Maduro, puedes leer:

Venezuela, el país inexplicable

 

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CRÉDITOS:

Texto: Aglaia Berlutti
Fotografía: Iván Reyes