Seis meses en Haití

Desde 2004, 5.943 voluntarios de distintas partes del mundo conformaron la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (Minustah) para ayudar a un país devastado por una larga trayectoria de gobiernos corruptos y un fuerte terremoto en 2010. El próximo 15 de abril, estas misiones finalizan sus labores y esto fue lo que vivió Arturo Cáceres, un Suboficial de la Fuerza Armada de Chile que en 2013 conoció de cerca el país caribeño.
Por Lorena Tasca (Texto)

Haití, rodeado de Caribe y de clima tropical. Un país que –se piensa– debería ser un paraíso, como su vecino: República Dominicana. Pero no. Encabeza el ranking de los lugares más pobres del mundo, tiene en su haber una larga historia de gobiernos corruptos y autoritarios, y un terremoto –en 2010– que lo devastó y lo convirtió en un terreno vulnerable, un “infierno en la tierra”.

En 2004 empezó a recibir voluntarios de las Fuerzas Armadas y de Ejércitos de varias partes del mundo para conformar la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (Minustah), quienes han colaborado con actividades culturales, educación, alimentos y seguridad militar. Pero el próximo 15 de abril será la fecha de despedida para estos voluntarios, y la tierra infernal quedará a su orden y gracia.

Arturo Cáceres (42), chileno oriundo de Concepción y Suboficial de la Fuerza Armada de Chile fue uno de los 900 chilenos que conformó la misión que contó con 5.943 oficiales de todo el mundo. Fue voluntario durante seis meses, desde agosto 2013 hasta febrero de 2014. “Las vivencias recibidas de mis amigos que pasaron por ahí y las imágenes de un país devastado por el terremoto del 2010, me impulsaron a tomar la decisión de querer hacer un aporte en un país lejano”, explica.

Durante ese período conformó un batallón en Cabo Haitiano que colaboró con distintas actividades cuya prioridad eran los niños. La misión de la Minustah era garantizar la estabilidad política y social en dicho país. Para ello, entre las tareas culturales, al menos una vez por semana, realizaban proyecciones de cine por las noches. Entregaban agua potable –recurso escaso en Haití– , comida, ropa y artículos escolares, visitaban orfanatos, cárceles e iglesias y hasta daban cursos de panadería, repostería y primeros auxilios.

“El pisar suelo haitiano es una aventura”, comenta Cáceres. Manejar por las calles desordenadas, ir al mercado, comprar agua envasada en bolsas plásticas, incluso establecer una conversación con las personas haitianas es de por sí una experiencia.  “Como era custodio del material de ayuda humanitaria (ropa, artículos escolares, juguetes, entre otros) era blanco de las peticiones más raras de los vecinos y de niños que merodeaban todo el día alrededor del cuartel. Durante meses y a distintas horas del día escuchaba el grito desde las murallas del cuartel de niños que decían: ‘Cacéles (derivación haitiana local de mi apellido Cáceres) tráeme una pelota’, ‘Cacéles regálame una bicicleta que no tengo’, ‘Cacéles necesito zapatilla y un celulal’. Fue tanto, que en las noches escuchaba mi apellido mientras trataba de dormir”.

Arturo Cáceres (primero a la derecha) junto con sus compañeros de las Fuerzas Armadas de Chile durante una de las tantas actividades con niños haitianos.

De Haití, Cáceres tiene el recuerdo de un entorno con buen clima y naturaleza tropical, pero reconoce que en medio de carencias de elementos básicos como luz, agua potable y alcantarillado la experiencia, algunas veces, no fue agradable. Las protestas eran constantes y violentas –por desacuerdos políticos y sociales–, y al intentar contenerlas recibían piedrazos, golpes y agresiones de todo tipo. “Me daba impotencia, nosotros los estábamos ayudando y nos respondían de esa manera”.

Imágenes de putrefacción, de olores fuertes y de aguas negras que no tienen por donde ir, son parte del paisaje. “La gente joven de Haití considera que no hay muchas proyecciones para el futuro, al hablar con ellos, con todo lo que implica la barrera idiomática (hablan creol y casi nada de español), me planteaban la necesidad que tienen de emigrar hacia otros países y buscar una segunda oportunidad en la vida y ven a Chile como un lugar seguro y atractivo”. Quizá esa sea la razón por la que el Departamento de Extranjería y Migración de Chile estimó que cerca de 170 haitianos ingresaron para instalarse en ese país el año pasado.

Debido a la pobreza, inevitablemente ha proliferado la delincuencia: “Uno de los casos que más me impactó fue durante una visita a una cárcel, un interno tenía ambas manos amputadas. Una por cada robo que había cometido. ‘Si no robaba, mi familia y yo nos moríamos de hambre’, me dijo en un confuso español”.

Los niños huérfanos también son parte de la cotidianidad. De ahí que una de las tareas del batallón en el que participó Cáceres junto a uniformados de El Salvador fue visitar orfanatos. “Una vez fuimos a uno alejado del centro de la ciudad, que atendía una veintena de niños y cuyos tutores hacían lo que podían. Ellos se encariñaron mucho con nosotros y cuando llegó la hora del adiós, un niño del orfanato llamado Yosué me dijo: ‘Cacéles llévame contigo a tu país, ya no quiero vivir aquí, quiero ser chileno y que tú seas mi papá!’. Fue imposible contener las lágrimas”.

Créditos

Texto: Lorena Tasca
Fotografías: Cortesía de Arturo Cáceres