Cuando vengan

Mientras la violencia invade cada espacio de lo cotidiano y de lo doméstico en Venezuela, la escritora Aglaia Berlutti se pregunta qué sigue, cómo terminará todo esto.
Por Aglaia Berlutti

Hace unos días se llevó a cabo una reunión entre los vecinos del edificio en el que vivo para decidir “cómo sobrevivir” a las protestas. Ese fue el término exacto que utilizaron en los pequeños panfletos escritos a mano que deslizaron debajo de las puertas y colgaron en la cartelera general: sobrevivir. Leo el papel con una sensación de irrealidad que me deja un poco atontada, sin un lugar firme en el cual sostenerme en medio del miedo. ¿Sobrevivir? me repito en voz alta, casi con esfuerzo. ¿A ese extremo hemos llegado en medio de las manifestaciones que sacuden Caracas? ¿A la mera idea de que lo que vendrá después no será una conciliación política o una negociación inmediata, sino una batalla a ciegas? Aprieto el papel entre las manos con dedos temblorosos.

— Hay que prepararse para lo peor mija — me dice mi vecina cuando le comento lo anterior — mire que por aquí, la cosa ha sido más fea y violenta que en muchas zonas de Caracas. No se sabe qué vendrá después.

Se refiere por supuesto, a los sucesivos y agresivos ataques de la Guardia Nacional Bolivariana contra los manifestantes de la zona en donde vivo. Nadie sabe explicar muy bien el motivo del ensañamiento: algunos insisten que se debe a que nos encontramos muy cerca de uno de los edificios operativos del cuerpo de funcionarios o del simple hecho que se trata del “oeste”, lugar emblemático del chavismo hasta hace menos de seis años. Sea cual sea la razón, la represión en mi calle y avenidas circundantes ha sido brutal: los funcionarios disparan a quemarropa a los manifestantes, arrojan bombas lacrimógenas a los edificios e incluso, arremeten con vehículos militares contra fachadas y rejas de protección.

Resulta aterrorizante el mero pensamiento de lo que puede ser peor que eso, me digo bebiendo un trago del café sin azúcar que me sirve mi vecina. Qué podrá venir luego de la violencia sistemática y sostenida que hemos soportado durante las últimas semanas.

 — Ya tu sabes qué puede pasarnos — comenta con desaliento — aquí todo el mundo está muy claro de lo que pueden hacer los colectivos.

Miro la taza de café que sostengo en un intento de no demostrar el miedo que siento. Los llamados “Colectivos” son el cuerpo armado y paramilitar del sector más radical del chavismo, mezcla de grupo ideológico y célula represiva. A la mitad entre ambas cosas, los motorizados con el rostro cubierto y llevando armas de alto calibre, se han convertido en el emblema de la otra represión que sufrimos en las calles venezolanas: la secreta, la virulenta, la que no se atiene a la ley o a limitación alguna. Hace tres años, un grupo atacó el edificio en el que vivo, disparando ráfagas de metralla y balas al aire y luego, bombas incendiarias que redujo a cenizas un pequeño jardín delantero. Recuerdo la noche en que todo ocurrió con una sensación de miedo difícil de explicar: tendida en el suelo, escuchando los disparos y detonaciones, me pregunté varias veces si sobreviviría.

De nuevo, la noción de supervivencia. Me llevo la mano al bolsillo. Aprieto el papel del anuncio entre los dedos. El miedo regresa, convertido en una sensación helada, pragmática y casi triste. Sacudo la cabeza.

 — ¿Habrá algo que podamos hacer? — pregunto. Lo hago sin pesimismo alguno, sólo muy consciente de mis recursos y posibilidades — ¿Qué podamos hacer para cuidarnos?

Mi vecina suspira. Se encuentra de pie al lado de la bonita ventana de su cocina. Tiene un aspecto cetrino y mustio, la boca apretada, nuevas arrugas alrededor de los ojos y en la frente. Pienso en que la zozobra es una forma de vejez. Una madurez dura de asimilar y comprender. Somos ancianos en el terror de un país sin norte ni futuro. Sobrevivientes a un tipo de violencia selectiva y persistente que nos aplasta y nos abruma.

 — Al menos hay que intentarlo mija — suspira — pero tiene razón. Cuando vengan, no sé si podremos hacer algo.

“Cuando vengan”. La frase tiene algo de ominoso y melodramático en la mañana radiante, en el sonido limpio y cotidiano de la calle. Pero describe mejor que cualquier otra cosa el terror nocturno, los gritos de pánico, el sonido de los vidrios rotos. Vuelvo a recordarme acurrucada en el suelo, los brazos sobre la cabeza, la sensación de irreal vulnerabilidad y terrorífica conciencia del peligro. El sonido de las motocicletas. El aire cargado del olor de la nube tóxica. Cuando aprieto de nuevo el papel en el bolsillo, lo hago con tanta fuerza que me clavo las uñas en la palma de la mano. El dolor es como un chispazo de conciencia, un recuerdo de mis límites. De esa angustia que llevo a todas partes quizás desde hace demasiado tiempo.

***

En la reunión de vecinos, nadie tiene muy claro qué ocurrirá o cómo nos protegeremos en el futuro. Los treinta o cuarenta asistentes comentan a gritos sus temores y preocupaciones, tratan de hacerse oír en medio de las discusiones en voz alta que estallan una rápida sucesión. Por último, un hombre alto y de aspecto triste con el que me he tropezado más de una vez en el ascensor y en las áreas comunes, levanta los brazos y pide calma. Lo hace en el tono de voz lento y comedido. Me parece recordar que una vez me comentó que era profesor de alguna universidad.

— Necesitamos entendernos — dice con paciencia cuando finalmente logra calmar los ánimos — tenemos que cuidarnos a todos entre todos. Hay que pensar qué hacer cuando todo se ponga peor.

Contengo el aliento. Unos días atrás alguien me comentaba que lo más probable es que no exista salida pacífica para Venezuela. Que lo más probable sea que nos esperen años de conflicto armado o los rigores de una dictadura moderna antes de lograr algún equilibrio político y económico. ¿Qué es “lo peor” entonces, en medio de una crisis colosal con tantas implicancias como las que atravesamos? ¿Qué dimensiones tomarán la violencia, la escasez, las privaciones y el hambre en los meses y años venideros? El miedo me deja paralizada, me reduce a un silencio insólito y angustioso que soy incapaz de romper.

Con mis vecinos en cambio, ocurre lo contrario. Los escucho hablar a gritos sobre métodos de defensa, de tener a mano agua caliente, piedras y botellas. Los más comedidos recuerdan que quizás lo esencial es resguardar el edificio, cerrar las entradas principales, cubrir de rejas y candados cada entrada y resquicio posible. Entre ambas visiones de la realidad, hay algo muy claro: somos muy inocentes con respecto a lo que debemos soportar y lo que soportaremos. Las propuestas tienen algo de pura ingenuidad, una mirada hacia el desastre sesgado por la fantasía y la ignorancia de lo que puede ser realmente el peligro.

Pienso de nuevo en la noche en que los Colectivos atacaron nuestra zona: su despliegue estratégico, la manera cómo utilizaron nuestra torpeza y terror a su favor. Las motocicletas rodeando el edificio, los gritos de furia, los insultos. El chasquido de las balas contra el concreto. Se trató de un ataque condicionado, un aviso. ¿Qué podría venir después?

 — Miren, yo creo que es mejor asumir que tendremos que defendernos como podamos — está diciendo un anciano mofletudo y de ojos claros que perteneció al Ejército en algún momento de su vida — lo que viene será ataque directo y destrucción. Hay que evitarlo.

La sala bulliciosa se queda en silencio, no sé si debido a que todos conocen la reputación del hombre o al hecho, que de pronto puso en palabras el riesgo que corremos, al que nos enfrentamos. Un “ataque directo y destrucción” me repito en silencio. Todo se torna irreal, poco claro mientras intento sobreponerme a lo extraño e insólito que resulta pensar en un ataque semejante al lugar donde vivo, a las calles en las que crecí, al lugar que llamo hogar. Hay algo casi obsceno en esa percepción, una idea retorcida y angustiosa. Ruin. La violencia invadiendo cada espacio de lo cotidiano, de lo doméstico, de esa normalidad engañosa que ya somos incapaces de sostener. Todo a mi alrededor toma un tinte crispado. Una amenaza real a la que tendré que enfrentarme, lo comprenda o no.

En un impulso, salgo de la sala de reuniones y me quedo afuera, sofocada de angustia y algo muy cercano al pánico pero más amargo. Cierro los ojos, tomo lentas bocanadas de aire. Pero eso no logra tranquilizarme ni evitar continúe obsesionada con las imágenes de la noche tres años atrás: El estruendo de las balas golpeando el concreto, el yeso, el cristal. Tan cerca. Tan destructor, tan monstruoso que no puedes imaginar cómo podrás sobrevivir a algo semejante. A esa ruptura de lo que consideras te pertenece y te define. El miedo en todas partes. El miedo sin nombre.

***

Es casi medianoche y no logro dormir. Tendida en mi cama, escucho el silencio quebradizo de la calle que se extiende más allá de mi ventana. En alguna parte, alguien está tocando cacerolas, con un brío y una energía que admiro y lamento. Esa esperanza tan férrea, tan desesperada que parece resumir de alguna manera absurda mi miedo. Esa incertidumbre por lo que nos espera, la travesía que Venezuela tendrá que atravesar en un futuro y que nadie sabe a dónde nos conducirá.

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CRÉDITOS:

Texto: Aglaia Berlutti
Fotografía: Iván Reyes