Historias de la represión en la sala de emergencias

 

Entre el 1 y el 3 de mayo, el ambulatorio municipal de Salud Chacao –ubicado en el municipio donde se realizan las concentraciones opositoras– recibió 209 manifestantes heridos: jóvenes y adultos con lesiones leves y profundas, traumatismos, quemaduras y personas con dificultades para respirar por efectos de los gases lacrimógenos. Conoce cómo es un día en la sala de Emergencia.

Por Indira Rojas 

El doctor empujó las puertas de la Emergencia de Salud Chacao y salió con una máscara antigás en la mano. Mientras abordaba uno de los vehículos del centro asistencial, el paramédico que esperaba por él encendió el motor.  Tenían prisa. La camioneta amarilla se alejó seguida por otra unidad de avance y una moto con personal auxiliar. Las radios de los paramédicos que se quedaron en la entrada de la Emergencia quebraban el silencio en el lugar, donde hasta esa hora –1:40 de la tarde– no se había escuchado más que el quejido de una mujer con dolor abdominal y el rechinar de las sillas de metal en la sala de espera. Una señora que caminaba con dificultad, apoyada en un bastón, contempló expectante a los paramédicos, sus radios que soltaban códigos secretos y sus botas gruesas. Sus ojos escaneaban la situación con mirada recelosa.

Los dirigentes y seguidores de la oposición estaban de nuevo en las calles de Caracas el lunes 1 de mayo. Al mediodía los manifestantes comenzaron a caminar hacia la avenida Boyacá (Cota Mil) con intenciones de llegar al Tribunal Supremo de Justicia, ubicado a 10 kilómetros, en el municipio Libertador. Pero en la entrada de la arteria vial en La Castellana, a los pies de El Ávila, un contingente de la Policía Nacional Bolivariana bloqueaba el paso.

Cinco enfermeras y 12 doctores trabajaron ese día en el centro asistencial, una institución municipal en Chacao que presta servicios gratuitos.  Algunos de ellos participaron en los intentos por reanimar a Juan Pernalete, quien recibió un impacto de bomba lacrimógena en el pecho el 26 de abril, y estaban allí cuando el estudiante de 20 años fue declarado muerto a las 3:26 de la tarde. El primer herido ese miércoles fue una mujer con un golpe en la cabeza, y desde entonces la situación empeoró. La jornada de protestas del lunes no fue diferente.

Juan Pernalete

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Los primeros heridos: poca sangre, mucho dolor

2:15 pm. Una hora después de que se iniciaron los enfrentamientos dos motorizados se estacionaron frente a las puertas de la Emergencia, cada uno con un herido reclinado sobre sus espaldas. Los motores se escucharon dentro de las instalaciones y agitaron al personal, como si el estruendo de las motos fuese una señal de alerta, un aviso que los médicos aprendieron a descifrar. Mientras los dos primeros manifestantes eran recibidos por los paramédicos, una tercera moto se aproximaba.

Uno de los pacientes dijo que lo golpeó una bomba lacrimógena cuando la protesta intentó avanzar hacia la Cota Mil. El adolescente se quejó de dolor abdominal, se tocaba constantemente la zona y fruncía el ceño. No tenía hematomas, rasguños, ni cortes, y pronto lo dejaron ir a casa. En el cubículo contiguo, con menos suerte, otro joven contenía las expresiones de malestar mientras limpiaban una herida en su cabeza. La lesión no fue grave y a la hora salió caminando con un trozo de gasa sobre la contusión.

“¡A mí me agarraron dos puntos!”, contó el tercer herido mientras descansaba en las sillas de metal fuera de la sala de emergencias, con el pantalón roto, las vendas bajo la rodilla y con ganas de regresar a la protesta. Ransses Cabello tiene 22 años, estudia Ingeniería Mecánica en la Universidad Central de Venezuela y es miembro de la Federación de Centros Universitarios. Arribó al ambulatorio municipal con un agujero que sangraba en su pierna derecha, acompañado por la doctora Ysbna Zerpa.  La médico cirujana, junto con otros grupos de especialistas y paramédicos, auxilian a los manifestantes durante las marchas.

Ransses no precisó qué lo había lastimado. Lo que recordaba era confuso. “Estábamos arriba, en la entrada de la Cota Mil. Yo sentía las lacrimógenas y los perdigones pegando en mi escudo. Venían unas bombas altas y lo levanté un poco para que no me pegaran en la cabeza, y entonces sentí un golpe en la pierna. Creo que fue una lacrimógena porque cuando bajé la mirada la tenía en mis pies”. Sacó el celular de su bolsillo, mostró una fotografía del hoyo en carne viva y añadió: “Veo la herida y no parece de lacrimógena porque es como un hueco. No sé entonces si fue un perdigón o una metra (canica)”.

Fue la doctora Zerpa quien pidió a un motorizado que los trasladara hasta Salud Chacao. El desconocido aceptó, se subieron a su moto y partieron a toda máquina.

2:50 pm. Cinco días después de terminar su noviazgo, Lorena y Amedeo se reencontraron en la marcha. “Esta es una historia muy loca de amor y de guarimbas”, bromeó el muchacho de 22 años. A las 2:50 de la tarde llegó con su ex novia, dos años mayor que él, a la sede de la Emergencia de Salud Chacao en la moto de un extraño. A Lorena le faltaba un zapato, y en su lugar un vendaje cubría su pie izquierdo. “¡Cuidado, cuidado!”, vociferaba la joven con desespero.

“Yo la vi ahí guerreando y de un momento a otro lanzaron una bomba de esas flash que lo que hacen es aturdirte. Yo vi que ella la pisó. Y entonces ¡puf!, explotó. Eso fue en La Castellana, subiendo a la Cota Mil”, dice Amedeo. Los voluntarios de Primeros Auxilios de la Universidad Central de Venezuela asistieron a Lorena y la derivaron a Salud Chacao para que evaluaran la gravedad de su caso. Las radiografías mostraron una fractura en su pie izquierdo, en el que también sufrió una quemadura.

Con el zapato de la chica bajo el brazo, Amedeo caminaba inquieto de un lado a otro, se sentaba en las sillas de metal, se recostaba en las paredes. Escuchaba las historias de otros heridos y bromeaba con la suya. “Entré cuando le estaban haciendo la placa  y me dijeron que esperara afuera. Ahorita la están inmovilizando, y luego… bueno, ¡luego nos veremos!”.

2:57 pm. Cuando Lorena ingresó a la sala de Emergencias, llegaron tres manifestantes más al centro asistencial: un joven con un dolor punzante en el cuello y un hematoma en el hombro, quien también fue atendido previamente por los Primeros Auxilios UCV; un chico asfixiado por los gases lacrimógenos y un señor que lucía mareado y aseguraba que intentaron robarle tras dejar a un familiar en la concentración opositora.

Una pareja en una moto gris discutía si se quedarían en Salud Chacao, esperando por nuevas noticias sobre un joven de 19 años que trasladaron con una lesión en la mano, o si regresarían a la manifestación para auxiliar a otras personas. El conductor, un hombre de 50 años, preguntaba por un “chamo herido en la cabeza”, delgado y de cabello largo. “¿Ya llegó acá? ¿Está aquí? Es que lo vimos muy mal. No sabemos qué pasó con él”.

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Impactos en cabezas y brazos

3:00 pm. Un auto conducido por una joven con uniforme médico llegó a la Emergencia a toda velocidad. Llamó la atención de inmediato. Los heridos que descansaban en la sala de espera y sus acompañantes miraron con curiosidad las ventanillas y el parabrisas para descubrir que en el asiento del copiloto había una persona con una venda en la cabeza. Era un muchacho. El motorizado que preguntaba por el “chamo de cabello medio largo” aseguró: “Es él. Ese es el que te decía”. Lo reconoció incluso antes de que saliera del vehículo, a pesar de que el herido se cubría el rostro con una camisa blanca. Su intento por ocultar su identidad era, al menos, una señal de que estaba consciente.

Los médicos limpiaron y cerraron la herida. Fue necesario tomarle puntos. En la zona se formó un bulto, un chichón enorme que despuntaba en su frente. Mientras era atendido, un señor con bigote canoso entró a la sala con el brazo izquierdo inmovilizado, y explicó a los paramédicos que se había caído mientras corría para huir de los gases lacrimógenos. Una mujer ingresó después, también con un fuerte dolor en el brazo, pero no podía precisar si le había dado un perdigón o una bomba lacrimógena.

3:15 pm. El alcalde del municipio Chacao, Ramón Muchacho, ofreció un primer balance de los heridos recibidos en la Emergencia. Catorce personas fueron atendidas en tres horas: once de ellas sufrieron “impactos con objetos contundentes” en varias partes del cuerpo, dos ingresaron por tensión baja, y una tenía una lesión causada por un perdigón.

No hay tiempo para dar mayores explicaciones. Los paramédicos esperaban de pie al próximo paciente, sujetando por los mangos de empuje las sillas de ruedas ya abiertas, como si fueran a correr en cualquier momento. Al otro lado de las puertas batientes los médicos suturaban heridas, colocaban yesos, y recetaban analgésicos. Algunos pacientes manifestaban haber sido golpeados por bombas lacrimógenas. Una señora aseguró que una metra (canica) causó la lesión en su labio, y el resto no sabía qué los había impactado. Para el personal de Salud Chacao la prioridad era asistirlos y preferían no especular sobre la causa de los traumatismos.

Los heridos con los pantalones rasgados y los vendajes en las piernas sustituyeron a los pacientes con dolores de estómago y condiciones crónicas que acudieron a Salud Chacao en la mañana. Los acompañaban señoras con gorras tricolores y adolescentes con el rostro empapado de sudor y cubierto de antiácido.  Algunos lesionados esperaban a sus familiares para irse. Otros escucharon que sus amigos estaban en la autopista Francisco Fajardo y planeaban descansar unas horas para regresar con ellos.

Hablaban sobre lo que les había ocurrido en La Castellana, en el acceso a la avenida Boyacá. Decían que “los policías disparaban las bombas a quemarropa” y que “las tiraban de frente”.

3:30 pm. Francisco dijo que no volvería a la protesta, por lo menos ese Primero de mayo. Salió de la Emergencia y cojeaba un poco porque la lesión en su pantorrilla derecha le incomodaba para caminar. Se quitó la camisa negra que le cubría el rostro y tomó asiento fuera de las instalaciones. “Me pusieron un vendaje y me hicieron una placa. Todo está bien, gracias a Dios”. Es un adolescente de 15 años que salió de casa con la excusa de que visitaría a un amigo. Confiaba en que la mentira no levantaría sospechas.

No es la primera vez que Francisco resulta herido en una manifestación. Con 12 años, en 2014, se unió a un grupo de muchachos que se formaba al frente de las concentraciones. Su propósito entonces y ahora, aseguró, es proteger a la gente. “Cuando nos aplauden eso se siente bien porque la gente nos apoya. Pero entonces se van, nos quedamos ahí y somos poquitos. Comienzan a decir que estamos jodiendo y no es así. Estamos luchando”.

Se despidió y avanzó hacia la salida del estacionamiento del ambulatorio, todavía cojeando. Dijo que iría a casa de un amigo.

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 Convulsiones y sangre

4:45 pm. La cifra de heridos se duplicó en una hora, según un nuevo balance ofrecido por el alcalde. De las 30 personas atendidas, 25 presentaron traumatismos, tres experimentaron bajas de tensión sanguínea, una ingresó con una lesión de perdigón y otro fue atendido por intoxicación con gases lacrimógenos.

5:00 pm.  Se escucharon detonaciones. La gente hablaba entre sí, especulaba, presumía que los estadillos eran bombas lacrimógenas disparadas por la Policía Nacional Bolivariana y la Guardia Nacional Bolivariana en la autopista. La estudiante Mariana Suárez, responsable juvenil de Miranda del partido Voluntad Popular, daba declaraciones frente a las cámaras de los medios con voz enérgica: “¡Mientras estaba acostaba vi a hermanos con golpes de bombas en los brazos y en la cabeza. No vamos a dejar que siga cayendo ni un joven más!”. El yeso en su extremidad derecha iba de la rodilla al pie. Aseguraba que había sido arrollada por una moto de la GNB.

Dentro de las instalaciones, un señor calvo con una herida en la cabeza y un joven con una lesión en la mandíbula esperaban su turno para ser evaluados en la sala de rayos X. Un hombre con el brazo derecho inmovilizado reposaba en una camilla con gesto somnoliento, y se le escuchó a un médico decirle cariñosamente: “¿Tiene sueño? Descanse”. Entonces, se escuchó el rugido de dos motores acercarse al lugar.

5:10 pm. Tenía los ojos volteados hacia atrás, el cuerpo le temblaba bruscamente y no respondía a ningún estímulo. El hombre que lo sujetaba en la moto vociferaba: “¡Emergencia, emergencia!”.

Los paramédicos lo cargaron con prisa, mientras otras cuatro personas colaboraban para colocar a un segundo herido en una silla de ruedas. También estaba inconsciente pero, a diferencia del primero, su cuerpo estaba distendido y un vendaje en su cabeza permitía inferir que había recibido primeros auxilios antes del traslado.

Un moreno tatuado en el pecho y en los brazos captó la atención del personal de Psicología cuando, al ver llegar a los dos jóvenes en estado crítico, comenzó a maldecir con rabia. El rostro se enrojeció y los músculos del cuello se tensaron. Antony, de San Cristóbal, conocía al chico inconsciente que llegó en la segunda moto. “Se llama Sebastián, tiene 23 años. Es mi amigo”.

Señaló a otros dos jóvenes y a una mujer, quien le ayudó a calmarse, y dijo que ellos también eran sus “hermanos de lucha”, con los cuales ha formado un grupo que proviene de diferentes regiones del país. “Él viene de Maracaibo, él de Apure, yo de Táchira. Tenemos dándole aquí desde que empezaron las protestas en Caracas, en son de resistencia. Cuando vi a los heridos llegar me dio impotencia, porque uno de ellos es mi amigo y el otro es hermano de lucha. Y siempre prefiero estar yo en el lugar de ellos, ¿me entiende? Así somos nosotros”.

Una ambulancia se estacionó en la entrada de la Emergencia. Las puertas del ambulatorio se abrieron de golpe y el muchacho que convulsionaba apareció de nuevo, esta vez en una camilla.  Los ojos aún estaban idos, los músculos todavía se veían tensos, y la prensa comenzó a rodearlo para tomar fotografías y grabar videos. Se armó una caravana de flashes y murmullos. Mientras los paramédicos alistaban al paciente para su traslado en la unidad, Antony gritó: “¡Fuerza!, ¡Fuerza!”.  La sala de espera se llenó de aplausos para un muchacho inconsciente, pero en la ambulancia sólo le acompañó un hombre que decía ser su profesor de la academia de bartenders. No había familiares allí que respondieran por él.

5:45 pm. El alcalde Muchacho dio el último reporte: 37 personas lesionadas. “A la mayoría se les ha dado de alta, salvo un caso. Ingresó aquí hace algunos minutos con un fuerte golpe en la cabeza y está en estado delicado. Fue remitido desde Salud Chacao a una clínica privada. No hay heridos de bala”.

Un médico salió a tomar aire, con la mirada fija en la rampa de acceso del ambulatorio. Parecía recuperar fuerzas. Aunque el día había sido largo la jornada no había terminado. El alcalde aclaró que el recuento de lesionados ofrecido a la prensa era “un balance preliminar”, ya que a esa hora manifestantes y cuerpos de seguridad continuaban enfrentándose. Entre las 5:45 y las 6:30 de la tarde fueron asistidos ocho casos más.

Dos días después, durante una marcha convocada por la oposición que partiría del distribuidor Altamira el miércoles 3 de mayo, 137 personas fueron atendidas por traumatismo, ocho por heridas de perdigones, 17 por asfixia y dos por quemaduras. En total, 164 pacientes cruzaron las puertas batientes de la sede de emergencias de Salud Chacao.

Durante la primera semana de protestas en mayo, el centro de atención médica recibió a 209 manifestantes heridos. El Ministerio Público venezolano registró un total de 717 heridos desde que iniciaron las protestas. Han sido asesinadas 35 personas.

Este sábado los opositores volvieron a las calles y lo seguirán haciendo.

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Créditos

Texto: Indira Rojas
Fotografía: Maura Morandi