El monstruo de mi cuadra

En febrero de 1992 ocurrió un primer intento de golpe de Estado en Venezuela, liderado (entre otros) por Hugo Chávez. Veinticinco años después, la autora revive aquella época en la que el odio y el resentimiento se convirtieron en un arma política.
Por Aglaia Berlutti 

Era una niña muy pequeña la primera vez que vi un vehículo militar: un armatoste de casco blanco y abollado, con dos torretas superiores y una pequeña claraboya de cristal grueso a un costado. Una de las llamadas “tanquetas” que suelen utilizarse para asegurar el orden público en manifestaciones y protestas callejeras. Se encontraba a dos cuadras del colegio en el que estudié la primera enseñanza, detenida como una enorme criatura mitológica en mitad de la calle. Me aterrorizó su envergadura paquidérmica y sin duda, peligrosa. Me recuerdo pequeña y confusa bajo su sombra, sin entender que algo semejante pudiera existir. Que formara parte del paisaje de los lugares que solía llamar hogar. Cuando mi mamá me levantó en brazos y cruzó la calle con paso nervioso, seguí mirando sobre su hombro la línea de metal que brillaba bajo el sol. Y sentí miedo. Uno muy limpio e inocente. Miedo de niña. Miedo sin verdadera trascendencia.

Corría la segunda semana del mes de febrero de 1992, menos de seis días después del primer intento de golpe de Estado contra el Presidente Carlos Andrés Pérez, y la ciudad de Caracas  continuaba bajo estado de sitio, una tensión violenta y por momentos insoportable que a mi edad, no podía comprender pero que sentía con toda claridad. En todos lados, se instaló un tipo de agresión directa al modo de vida que habíamos disfrutado hasta entonces. O al menos, a la precaria noción sobre el ciudadano que había sido parte de la frágil historia republicana del país. La figura del militar de pronto se incorporó a la vida cotidiana, desbordó el límite de lo cívico y se convirtió en un tipo de amenaza muy precisa y dura. La percepción de la identidad compartida se desplomó en una grieta abierta y temible de la que no se recuperaría jamás.

Por supuesto, era muy joven para pensar en esos términos. Sólo contemplé con los ojos muy abiertos y aterrorizados el vehículo. El peligro evidente que le rodeaba, el miedo que me producía. Transcurrieron décadas antes que realmente lograra comprender las consecuencias de la fallida asonada militar. Para entonces, Hugo Chávez Frías —líder de la rebelión armada—era Presidente de Venezuela y la violencia formaba parte de cada aspecto de la vida ciudadana. Se había instaurado como una forma de amenaza perenne que alcanzó límites insospechados y que transformó el paisaje del país en algo nuevo y peligroso. El odio y el resentimiento se convirtieron en un arma política y cambiaron la forma como comprendemos los mecanismos del poder.

Llegué a pensar que Venezuela, como país, se resume en esa imagen estática y que con el transcurrir del tiempo se ha hecho tenebrosa y angustiosa. Por momentos extrañamente simbólica. Esa fue la Venezuela en la que crecí. Un país bajo un estado general de sospecha en el que la violencia no sólo se convirtió en una forma de comprender el paisaje cultural y social sino además, en un reflejo de la identidad del venezolano. La agresión como discurso, como expresión perenne del gentilicio. Una herida que jamás sana.

***

Casi veinte años después, parada en la calle en la que vivo, nuevamente una tanqueta avanza con aparatosa lentitud en medio del tráfico detenido, rodeada de una docena de efectivos militares en motocicleta. También hay grupos de uniformados en las esquinas, llevando peto, casco y escudo. Todos llevan el arma reglamentaria muy visible entre las manos o colgada en el hombro, con la boquilla levantada en vertical. Una amenaza explícita, me digo cuando uno de ellos pasa junto al lugar en el que me encuentro junto a un grupo de vecinos. Me dedica una mirada aburrida y altanera. La expresión burlona. Cuando se aleja, los funcionarios que le rodean estallan en carcajadas silenciosas.

“Somos víctimas y no lo sabemos”, murmura uno de mis vecinos. La expresión tensa, los labios apretados de furia—estamos presos y sometidos en nuestras propias casas, en todo lo que hacemos–. Hace años que no somos libres, sólo que ahora, ya lo sabemos. Lo asumimos.

No digo nada. Escucho el traqueteo de la tanqueta cuando acelera la velocidad y cruza por la esquina más próxima. El metal pintado de blanco se ve envejecido y gastado, el metal lanza destellos bajo el sol blanco del mediodía. Avanza con rapidez, a pesar de su envergadura y pronto, atraviesa la calle rodeada de efectivos que parecen custodiarla, aunque sé que no es así. Hay una quietud lenta y torva en las calles, en los transeúntes que observan la escena entre atemorizados e inquietos. En el tráfico reducido a un insólito silencio. La violencia se convierte en una sensación helada y durísima, casi dolorosa.

A nuestro alrededor, se escucha el golpeteo de cacerolas. Una cacofonía lenta y cada vez más potente que se eleva en espiral en medio de la tensión. Los vecinos de los edificios que rodean la calle gritan consignas, lanzan alaridos de pura furia. Un coro de miedo y vergüenza que se confunden con el repiqueteo metálico de las ollas.“Asesinos, todos son asesinos”, repite alguien con voz ronca, la rabia convertida en una letanía interminable. “Asesinos, están matando venezolanos”.

La comitiva sigue avanzando. Nadie sabe a dónde se dirigen. Imagino que a la protesta que ocurre más allá, para reprimir a los miles de ciudadanos que continúan en la calle, intentando hacerse escuchar. Siento miedo por ellos y por mí. Por su indefensión, por la vulnerabilidad simple del ciudadano que se enfrenta a la maquinaria del Estado. La tanqueta ya desaparece en la curva que dobla hacia el distribuidor principal que conecta con la autopista. Ahora lleva la torreta abierta y en medio del complicado mecanismo de planchas de metal abiertas, un hombre mira a su alrededor aferrado al arma que apunta al suelo. Un arma real, con toda seguridad cargada, que está lista quizás para amedrentar y herir a quienes manifiestan más allá.

El pensamiento me llega como una ola de miedo y angustia, la certeza que estamos atrapados en un país cárcel, en medio de una crisis insostenible que se radicaliza a diario, que se hace cada vez más dura de sobrellevar. Y pienso en la historia reciente, manchada de sangre y autoritarismo, de esta grieta social que nos heredó casi veinte años de una estafa histórica irremediable. El miedo es sólo otra dimensión de la frustración, la negativa a la resignación y la angustia que acosa. Somos víctimas, me repito con las manos apretadas contra el vientre. Somos ciudadanos del desastre, huérfanos de cualquier reivindicación.

Los oficiales en motocicletas se detienen en un movimiento coordinado y lento que me sobresalta a unos metros de donde me encuentro. Son más de diez y van en parejas. Todos con el arma bien visible, los rostros cubiertos con el casco, el escudo apoyado sobre el tobillo. Se detienen en un movimiento coordinado y cierran el tráfico de la calle y al sonido de las cacerolas se añade ahora el de los gritos de los conductores, el insistente y grave de las bocinas, un bullicio generalizado que se extiende como una ola caliente y metálica. La extraña comitiva tiene un aire indudablemente agresivo, pero también, es todo un símbolo del país que construyó el chavismo luego de casi dos décadas de gobierno y de expresar el poder a través de una línea militar dura. El grito de “asesinos” se redobla, está en todas partes. Es un eco que se hace ensordecedor, que pierde sentido y se hace cada vez más violento. “Asesinos”. “Están matando venezolanos”.

Todo ocurre muy rápido. Uno de los guardias gira la cabeza hacia el grupo de vecinos que gritamos y agitamos los brazos en la calle. El sol se refleja en la boquilla del arma cuando la levanta y sé lo que sucederá incluso antes que haga algún gesto. La violencia, pienso en un instante frágil y doloroso. Llegó la violencia. Alguien me empuja hacia el interior de mi edificio y cuando escucho la detonación de la lacrimógena, me arrojo al piso temblando de miedo. Una detonación detrás de otra. El espiral de humo tóxico se extiende de izquierda a derecha. Me cubro la cabeza, intento respirar con el rostro apretado contra el concreto. Los gritos en la calle se convierten en un único rugido e intermitente. No sé qué está ocurriendo, si lo que escucho son detonaciones de bombas tóxicas o metralla. La piel escaldada, el cuerpo encogido por el pánico, los pulmones contraídos de puro dolor.

No sé cuánto tiempo transcurre hasta que regresa una engañosa y frágil calma. Pero aún no me atrevo a levantarme. Continuo en el suelo, indefensa y humillada. Los brazos sobre la cabeza, convencida que el horror regresará y que esta vez será peor. Una voz masculina pide ayuda en medio de la quietud temible y pesada que nos rodea. Finalmente me obligo a ponerme de pie: mis vecinos corren de un lado a otro, en medio de una humareda irrespirable. Alguien se acerca, me extiende un trozo de tela húmeda, me lo llevo a la cara. El llanto nervioso se me convierte en una sensación de abrumadora tristeza. Y pienso –sin saber por qué, quizás porque no puedo hacer otra cosa— en la sombra enorme de la tanqueta de mi infancia, en la violencia convertida en parte de la vida desde que tengo memoria.

***

Ochenta días de protestas, me digo con la garganta cerrada por un nudo amargo y doloroso. Ochenta días enfrentar la agresión del estado a diario, de temer los alcances de la impunidad, de vivir al margen de cualquier idea sobre lo cotidiano. No hay país al cual volver, me digo mientras escucho las detonaciones fuera de mi ventana, mientras escucho el estrépito de los perdigones en medio la batalla campal en la calle. No hay un lugar en el cual pueda protegerme, sentir alguna seguridad. Soy una víctima, pienso. Soy un rehén en mi propia casa.

El país sin nombre

¿Quién murió? Lo pregunto de manera obsesiva. Alguien grita al otro lado del teléfono. La ciudad entera se sacude bajo el embate de la agresión. ¿Quién murió? Llevo cada luto como propio. Cada rostro que me mira desde la inocencia de las fotografías. Cada historia que intento conservar. ¿Quién murió? Tiene diecisiete años. Uno menos que la dictadura. Un disparo en el pecho.

Escribir, cuando todo falla. Escribir para recordar. Para que después, puedas comprender por qué soportaste con los brazos abiertos el sufrimiento. Una y otra vez. Escribir mientras escuchas las detonaciones, los perdigonazos. Tan cerca.

Llegó la violencia, como siempre. También la resistencia.

Es el día noventa y cuatro de las protestas en Venezuela. Aquí continuamos a pesar de todo, quizás por todo.


CRÉDITOS:

Texto: Aglaia Berlutti 

Fotografía: Iván Reyes